El Laberinto libanés

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Escrito por Michael Young

Líbano está a punto de celebrar unas elecciones presidenciales que ninguna de las facciones que compiten –en efecto, ninguno de los partidos rivales de la región—puede darse el lujo de perder.

Empecemos con Siria. En 2005, el régimen del Presidente Bashar Assad se vio obligado a retirar su ejército de Líbano, tras el asesinato del ex Primer Ministro libanés Rafiq Hariri. Generalmente se cree que Siria fue responsable de ese crimen, y la presión interna aunada a la presión internacional contribuyó al retiro sirio. Sin embargo, en un discurso pronunciado poco después, Assad advirtió que nada podría interrumpir las relaciones sirio-libanesas.

Assad sabe que la elección de un presidente que refuerce la soberanía e independencia de Líbano dificultaría el regreso de Siria, y él, como aun sus propios aliados admiten en privado, no quiere otra cosa. En efecto, fue suya la decisión de extender, de manera anticonstitucional, el período del confiable presidente libanés pro-sirio Emile Lahoud en 2004 que desató la crisis política que condujo al asesinato de Hariri y el surgimiento de la coalición de grupos antisirios que incluían a muchos ex aliados de Siria.

A Assad le preocupa particularmente la creación de un tribunal mixto libanés-internacional para juzgar a los sospechosos del asesinato de Hariri. El tribunal fue aprobado bajo el Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas y se localizará en Holanda. Una vez que el juicio comience, Siria podría encontrarse en el banquillo de los acusados.

Un aliado cercano de Siria es Hezbollah, que dirige un mini-Estado prácticamente autónomo en el sur de Líbano. Hezbollah tiene una milicia armada que es mucho más eficaz que el ejército nacional libanés y ha rechazado abiertamente las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que exigen su desarme.

La prioridad de Hezbollah es conservar su capacidad militar para luchar contra Israel y también desempeñar un papel central en la rivalidad regional más amplia entre Irán, Siria, Hezbollah y Hamas, por un lado, y los Estados Unidos, la coalición de los principales Estados árabes encabezada por los sunitas, la Autoridad Palestina dirigida por Mahmoud Abbas y los enemigos libaneses de Siria, por el otro.

Pero Hezbollah tiene limitaciones. Los líderes del partido saben que cualquier crisis en Líbano podría provocar un conflicto entre sunitas y chiítas. Los patrocinadores de Hezbollah en Irán, al igual que el propio partido, se dan cuenta de que las consecuencias serían desastrosas. Irán se convertiría en el coco de los sunitas del mundo árabe, mientras que Hezbollah se vería arrastrado a otra debilitadora guerra civil libanesa.

En las próximas semanas, Hezbolah tendrá que hacer cálculos en diversos niveles. Sobre todo, tendrá que tomar en cuenta las prioridades sirias. Si Assad decide sabotear las elecciones presidenciales para fortalecer el control sirio sobre Beirut, el partido lo seguirá. Pero un vacío político en Líbano hace que la violencia sea más probable, cosa que Hezbollah no quiere.

Por otra parte, los intereses varían. Los enemigos libaneses de Siria saben que el resultado de las elecciones determinará su futuro. Dado que varios críticos destacados de Siria han sido asesinados desde 2005, no hay mucho margen para un arreglo. El problema es que la coalición antisiria, conocida como “14 de marzo” todavía no se une en torno a un solo candidato presidencial. Dicho eso, los líderes del 14 de marzo, que controla una mayoría parlamentaria, bloquearán cualquier medida que resucite el domino sirio.

Los Estados Unidos han dejado en claro que no aceptarán un presidente cercano a Hezbollah o a Siria. Si bien no negociarán con Siria en lo que se refiere a las elecciones, probablemente aceptarían un candidato que este país pudiera aprobar, siempre que fuera aceptable en todo el abanico político.

Los Estados Unidos también deben calcular lo que los europeos aceptarán. Francia, Italia y España tienen grandes contingentes en las fuerzas de la ONU en el sur de Líbano que aumentaron después de la guerra del verano de 2006. Temen que, de no haber elecciones, sus soldados estarían en peligro. Esto los hace vulnerables a las presiones de Siria y es la razón por la que podrían estar más dispuestos a negociar la presidencia con este país.

Otro actor clave es Arabia Saudita, cuyas relaciones con Siria están en el peor momento de la historia. A los sauditas, muy perturbados por la alianza sirio-iraní, les preocupa que la reimposición de la supremacía siria en Líbano, y con ella el fortalecimiento del poder iraní y chiíta en ese país, amenazaría al Reino mismo. Pero, como los sauditas también quieren incluir a Siria en el plan de paz regional del Rey Abdullah, y dado que los Estados Unidos planean celebrar una conferencia regional de paz en noviembre, no están buscando una confrontación abierta con Assad.

Estos intereses encontrados se resolverán después del 25 de septiembre, cuando inicie el período de dos meses durante el cual el parlamento libanés debe elegir un presidente. Ninguno de los bandos desea la guerra, por lo que las soluciones intermedias son posibles.

Pero, ¿cómo debería ser una solución intermedia?

Una de las ideas, elegir un candidato aceptable para todos, probablemente daría como resultado un presidente débil. Lo mismo sucedería con un acuerdo entre todas las partes para elegir un presidente interino para un período de dos años a fin de ganar tiempo hasta que cambie o se consolide el equilibrio regional de poder.

Cualquiera que sea el resultado, el próximo presidente de Líbano surgirá de una tormenta política que muy probablemente no podrá calmar.

Michael Young es editorialista del periódico Daily Star de Líbano.

 

 

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