La Guerra del Líbano un año después

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Escrito por Mai Yamani

Lo que Europa debe hacer es fomentar nuevas soluciones constitucionales e institucionales que garanticen a los chiíes un papel legítimo en los acuerdos políticos del Líbano, Arabia Saudí y los Estados del Golfo, lugares, todos ellos, en los que ahora se consideran ciudadanos de tercera clase.

LONDRES – Hace ahora casi un año desde que la Unión Europea se comprometió a estabilizar el Líbano después de la guerra del verano pasado. Con su decisión de enviar miles de soldados a ese país para la aplicación de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la UEla UE podrá estabilizar en verdad el sistema político más fracturado de la más peligrosa zona de conflicto de la vecindad inmediata de Europa. adoptó su medida más audaz hasta ahora con vistas a la creación de una política exterior y de seguridad común, pero está por verse si

La guerra entre Israel y Hizbollah de 2006 recordó a la Unión una vez más que sus intereses estratégicos no siempre coinciden totalmente con los de los Estados Unidos. Como el gobierno de Bush adoptó una actitud no intervencionista ante la guerra en el sur del Líbano y en vista de la camisa de fuerza en que se encuentran encerrados los EE.UU. con la guerra del Iraq, la UE tuvo que tomar la delantera.

La UE sigue –de momento– relativamente incontaminada por la desintegración del prestigio de los Estados Unidos en el Oriente Medio, pero su reputación podría empeorar, si permite que su compromiso con el Líbano pase a formar parte de la estrategia de los EE.UU, que se está perfilando, con vistas a aislar al Irán intensificando las divisiones regionales actuales entre chiíes y suníes. Para evitarlo, la UE debe complementar su compromiso en el Líbano con una estrategia política sutil que procure evitar el aislamiento de la población chií del Líbano, durante mucho tiempo reprimida.

Las amenazas que surgen del Oriente Medio son diversas: conflictos regionales, ideologías religiosas totalitarias (principalmente dirigidas por el Irán chií y la Arabia Saudí wahabita), terrorismo, programas de armamento nuclear, obstáculos a la modernización y regímenes inestables. Todas ellas afectan al Líbano y resultan agravadas por la peculiar dinámica sociopolítica de ese país, es decir, sus divisiones maronita, suní y chií.

La misión de la UE en el Líbano es arriesgada. Ni Hizbollah ni Siria, por no hablar del Irán, tienen interés en la estabilidad, si carecen de voz en su creación. La resolución 1701 presupone –además de la separación de los combatientes– la existencia de una plena soberanía del gobierno democráticamente elegido del Líbano, sin decir cómo se debe lograr, en vista de la relativa superioridad militar de Hizbollah sobre las fuerzas gubernamentales. En realidad, la resolución iba encaminada a contrarrestar las ventajas obtenida por Hizbollah y no tiene en cuenta los profundos cambios ocurridos en la sociedad libanesa, el más importante de los cuales es la cada vez mayor autoconfianza de la comunidad chií.

La de intentar aislar políticamente y desarmar a Hizbollah es una tarea que la fuerza de las Naciones Unidas encabezada por la UE no puede –ni debe intentar– llevar a cabo, porque significaría la guerra, con Siria y el Irán en segundo plano, pero, si la UE renunciara a ella para quedar reducida a la condición de simple observadora en el Líbano, las NN.UU. y Europa perderían todo su crédito. Durante un año ha habido una paz armada, pero una paz armada nunca es duradera. Así, pues, la misión debe avanzar por una cuerda floja para tender puentes entre las divisiones comunitarias del país, cosa que sólo será posible con una clara comprensión del Líbano y del Oriente Medio en sentido más amplio.

La vía hacia la paz, en lugar del cese el fuego, en el Líbano excluye la participación de la UE en la estrategia, que se está perfilando, de "contención" por parte de los Estados Unidos para con el Irán, al menos en su forma actual, basada en la organización de la resistencia de los Estados suníes a la influencia chií, pues la chií es la mayor de las tres comunidades religiosas del Líbano. También constituye una mayoría en algunos Estados del Golfo, además de en las regiones ricas en petróleo de la Arabia Saudí, por lo que no se puede trazar una línea divisoria clara entre chiíes y suníes.

Al contrario, lo que Europa debe hacer es fomentar nuevas soluciones constitucionales e institucionales que garanticen a los chiíes un papel legítimo en los acuerdos políticos del Líbano, Arabia Saudí y los Estados del Golfo, lugares, todos ellos, en los que ahora se consideran ciudadanos de tercera clase. La de conceder a los chiíes una participación real en las naciones en las que viven es la única vía para satisfacer el anhelo de reconocimiento social que sienten después de tantos años de represión.

Europa debe reconocer también por qué son populares dirigentes como el jeque Hasan Nasrullah de Hizbollah. El antiamericanismo y una política exterior enérgica forman parte, naturalmente, del atractivo de hombres como Nasrullah para sus seguidores, pero lo que de verdad ha permitido a Hizbollah (y a Hamas, si vamos al caso) ganar elecciones y consolidar el apoyo que reciben es su capacidad para prestar servicios sociales de educación, salud y de otra índole, en particular a los pobres.

En cambio, los EE.UU. y los grupos políticos que suelen apoyar en la región ofrecen muy poco a ese respecto. El gobierno de Bush hace hincapié en la democracia y los derechos humanos, programa válido dentro de lo que cabe, pero es un programa para los que "tienen" de la región y no para los que "no tienen". En lugares como el sur del Líbano, que padecen profundas divisiones y desigualdades sociales, las elecciones libres y la libertad de comercio tienen poca resonancia para gentes empobrecidas y marginadas.

Para que la misión de la UE compita con éxito contra los islamistas y populistas del Líbano, debe comenzar a pensar en serio en un programa social que atraiga a los pobres. Naturalmente, no se trata de desbaratar presupuestos ni de crear dependencia, pero para curar las heridas del Líbano es necesario encontrar medios para ofrecer a los marginados chiíes lo que quieren y más necesitan y no lo que unos extranjeros consideran que deben querer o que necesitan.

Mai Yamani, cuyo libro más reciente es Cradle of Islam ("La cuna del islam"), es investigadora de la Brookings Institution, de Washington D.C.

Fuente: Project Syndicate, 2007. Traducido del inglés por Carlos Manzano

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