La guerra de Siria dispara las luchas entre suníes y chiíes en toda la región

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Escrito por ÁNGELES ESPINOSA

Un centenar de personas han muerto en la pugna que desde principios de mes ha enfrentado a los rebeldes de Huthi y a un grupo salafista en el noroeste de Yemen. El incidente, uno más de los que sufre ese infortunado país, se ha despachado como otro episodio de la brecha entre chiíes y suníes que atraviesa Oriente Próximo.Entre los observadores se ha instalado una especie de fatalidad que ve esta parte del mundo abocada a una guerra de religión. Pero la fractura confesional no es un designio inexorable, sino el fruto de políticas deliberadas que corren el riesgo de convertirse en una profecía autocumplida.

“Resulta muy difícil enmarcar la lucha entre salafistas y Huthi como parte de una división religiosa entre suníes y chiíes en Yemen o en la región”, explica el politólogo yemení Abdullah al Faqih en un email. “La mayoría de la gente los ve como marginales dentro de sus respectivas confesiones”, añade convencido de que el actual choque está más “vinculado a la lucha política interna por el poder”.

Los rebeldes, conocidos como Huthi por el clan que lideró su revuelta hace dos décadas, son chiíes zaydíes (seguidores del imán Zayd Bin Ali) como un tercio de la población de Yemen. Cuando el ahora expresidente Ali Abdalá Saleh (un zaydí) se hizo con el poder en 1978 utilizó a esa comunidad para frenar el empuje de los salafistas (radicales suníes animados por la vecina Arabia Saudí). Con el tiempo, el propio Saleh recurrió a los salafistas para atajar sus quejas de discriminación y les acusó de recibir ayuda de Irán. Ahora, la chispa ha estallado por la actividad en su región de un seminario suní que perciben como un caballo de Troya.

“Existe una brecha entre suníes y chiíes”, admite Al Faqih, “el problema es que se exageran los aspectos confesionales sobre los políticos”.

Estos se resumen en la competencia por el poder y la influencia regional entre Irán y Arabia Saudí. Esa rivalidad, que precede a la revolución iraní de 1979, se agravó a partir de entonces porque la familia real saudí vio una amenaza en el modelo de “Gobierno islámico” instaurado por Jomeiní. No era tanto el deseo de este de exportar su proyecto, cuanto el riesgo de que las ideas revolucionarias calaran entre la minoría chií del reino y del resto de la región. Amparada por el rechazo de sus ulemas a cualquier otra rama del islam que no sea su extremada interpretación suní (el wahabismo) y que considera herejes a los chiíes, la monarquía jugó la carta confesional dentro y fuera del país.

Aunque el discurso sectario saudí se moderó un poco a raíz del 11-S, la invasión estadounidense de Irak en 2003 y el consiguiente acceso al poder de la mayoría chií de ese país reavivaron sus temores. Riad, que aún no ha reabierto su embajada en Bagdad, se alineó claramente con los extremistas suníes que llevaron al país al borde de la guerra civil (un peligro que acecha de nuevo debido a la exclusión política de esa comunidad).

La guerra en Siria vuelve a evidenciar el enconamiento entre dos visiones no tanto del islam como de la gestión del poder terrenal. A pesar de su rechazo a la primavera árabe, Arabia Saudí está apoyando a los rebeldes que luchan contra Bachar el Asad. Sin embargo, se apresuró a enviar un millar de tropas a Bahréin para defender a la monarquía (suní) de las demandas de mayor participación política de una población mayoritariamente chií.

No por casualidad, El Asad es el principal aliado de Irán en la zona. Así que resulta muy conveniente presentarlo como un dictador chií que oprime a la mayoría suní del país, a pesar de que su régimen, como antes el de su padre, se fundara sobre una ideología panárabe y laica, y la afiliación alauí de la élite gobernante solo esté lejanamente emparentada con el chiísmo.

El régimen sirio también está manipulando las identidades sectarias para asustar a sus minorías, sobre todo a los cristianos, con el avance islamista suní. Pero el apoyo que recibe de Irán no llega en función de la afinidad confesional, sino de intereses compartidos en la resistencia a Israel, y a Occidente. La misma razón estratégica avala el apoyo al Hezbolá libanés (chií) y, hasta recientemente, al Hamás palestino (suní).

“El sectarismo es la mayor amenaza, no solo para la región, sino global”, ha declarado el ministro iraní de Exteriores, Mohamed Javad Zarif, en una entrevista con la BBC.

Por supuesto, Irán no ha sido inmune a ese virus. Algunos ayatolás radicales han emitido fetuas animando a los chiíes a luchar contra los extremistas suníes, pero el “yihadismo chií” es más una reacción y no cuenta además con respaldo político. Al contrario, los dirigentes iraníes evitan presentar la situación en Siria como un enfrentamiento entre suníes y chiíes. Incluso el líder supremo, el ayatolá Ali Jameneí, ha advertido a sus vecinos del riesgo de que el uso del sectarismo se vuelva contra ellos.

Es una opción que también se funda en la demografía. Los chiíes son alrededor de un 15% de los 1.500 millones de musulmanes del mundo, aunque sean la mayoría en Irán, Irak y Bahréin. Si los líderes iraníes aspiran a tener influencia en la región, es lógico que busquen alianzas con fuerzas islamistas al margen de la identidad confesional. Lo contrario sería caer en una trampa.

A Arabia Saudí le preocupa que el discurso de Teherán consiga difuminar las líneas divisorias étnicas y sectarias. Y la posibilidad de que Irán se reintegre en la comunidad internacional tras décadas de ostracismo solo está contribuyendo a aumentar su obsesión. Si no se rompe pronto ese círculo vicioso, puede terminar haciéndose realidad que el enfrentamiento de los Huthis y los salafistas yemeníes, y otros, sean parte de una guerra de religión.

Muchos muertos, pocos matrimonios mixtos

“No hay ningún problema entre suníes y chiíes”, declaró el primer ministro, Nuri al Maliki durante su reciente viaje a Estados Unidos. Esta corresponsal ha oído esa misma frase decenas de veces en boca de iraquíes y sirios de ambas confesiones, mientras los ataques sectarios no dejan de sumar muertos. Sin duda que a nivel individual se ha dado la convivencia e incluso los matrimonios mixtos. Existen familias sushi (de Sunni y Shía), como las llaman en Bahréin. Pero la armonía confesional es sólo parte de la realidad.

Desde la dominación otomana de la región, los chiíes han sido siempre los marginados. No sólo porque fueran los perdedores de la batalla de Kerbala, que marca la separación de las dos ramas del islam hace 1.400 años, sino porque eran minoría entre los musulmanes. Así que no había problemas entre las dos comunidades, mientras la minoría no reclamaba sus derechos, algo que empezó a cambiar a partir de la revolución iraní de 1979.

La inspiración y la asistencia financiera de Teherán ayudaron a los chiíes de Líbano durante la segunda parte de la guerra civil que vivió ese país (1975-1989). Y para sus Gobiernos, los chiíes de Irak, junto con Bahréin los dos únicos países árabes donde son mayoría, se convirtieron, como los de Kuwait o Arabia Saudí, en sospechosos de colaboracionismo con el régimen iraní.

Fuente: El País - 16/11/2013.

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