La reconfiguración del Medio Oriente

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Escrito por SHLOMO AVINERI

 

JERUSALEN - El descenso del Oriente Medio hacia la violencia extrema - con masivos asesinatos de manifestantes de la Hermandad Musulmana en el Cairo, seguida de cerca por la utilización de armas químicas por Bashar al-Assad en la guerra civil en Siria – ha echado por tierra las  esperanzas suscitadas por la Primavera Árabe en 2011. El interrogante actual- y en términos de futuro – es cómo dar cuenta de lo que perfila ser un profundo fracaso histórico.

 

En la década de 1990, cuando los regímenes comunistas colapsaban en Europa Central y Oriental, y caían los dictadores en América Latina, en el África subsahariano y el sudeste de Asia, el mundo árabe se destacó por estar falto de movimientos y acontecimientos antiautoritarios y populares. Y, aunque las manifestaciones de la "primavera árabe" en el 2011 derrocaron o desafiaron  seriamente a dictadores en Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Siria, las consecuencias han sido inestabilidad, violencia y guerra civil, no democratización. ¿Por qué?

 

La primavera árabe no afectó a los 22 países árabes por igual. Los regímenes que fueron derrocados, o desafiados, eran dictaduras militares cubiertas con un atavío republicano. Ninguna de las monarquías dinásticas, algunas de ellas mucho más represivas (como Arabia Saudita) fueron enfrentadas por serios desafíos populares, con la excepción de la pequeña Bahrein, debido a la división sectaria entre su mayoría chiíta y los gobernantes sunitas.

 

Las razones parecen obvias: los regímenes militares carecían de legitimidad y se basaban en última instancia en la utilización de la fuerza y ??la intimidación, mientras que las dinastías monárquicas parecen estar ancladas en la historia, la tradición y la religión. En Marruecos y Jordania, el rey es considerado un descendiente del Profeta, y el rey de Arabia Saudita es el Custodio de las Dos Mezquitas Sagradas de La Meca y Medina, los sitios más sagrados del Islam.

 

Sin embargo, mientras que la multitud de jóvenes congregados en la Plaza Tahrir de El Cairo y otros lugares  crearon en 2011 la imagen de un distrito abrumadoramente partidario de la democracia y la modernidad, rápidamente resultó evidente una realidad más profunda. La movilización de masas para derrocar a un dictador es una cosa, y la construcción de instituciones democráticas es otra muy distinta.

 

Con la caída de la dictadura, la atención se centró naturalmente en las elecciones. Pero, como lo han demostrado los acontecimientos posteriores a 1989 que tuvieron lugar en  los ex países comunistas, las elecciones son una condición necesaria, pero no suficiente para la consolidación democrática. Donde hubo tradiciones de sociedad civil, pluralismo, tolerancia, instituciones cívicas independientes, y la posibilidad de desarrollar un sistema multipartidista coherente - por ejemplo, la República Checa, Hungría, Polonia y Eslovaquia – las transiciones a la democracia tuvieron éxito; donde estas tradiciones no existieron, como en Rusia y en Ucrania, regímenes neo-autoritarios se alzaron con el poder.

 

El Cairo resultó ser, de hecho, más parecido a  Moscú que a Praga. La mayoría de los 85 millones de habitantes de Egipto no manifestó en Tahrir, la mayoría no tiene teléfono móvil (muchos carecen de electricidad y agua corriente), y casi la mitad de las mujeres del país son analfabetas. Cuando las elecciones tuvieron lugar- parlamentarias y presidenciales -, los candidatos liberales y seculares fueron fácilmente derrotados por los Hermanos Musulmanes, quienes habían dedicado décadas construyendo una efectiva red de servicios sociales y educativos.

 

Como lo demostró  el régimen del presidente Mohamed Morsi, el compromiso de la Hermandad con respecto a la democracia se limitó a respetar su cualidad mayoritaria: los derechos de las mujeres y de las minorías (especialmente los cristianos coptos), al igual que los derechos humanos en general, no formaron parte de la agenda de "Hermanizar"  a Egipto. Como consecuencia, gran parte de la elite laica y liberal, después de haber liderado la revolución anti-Mubarak, se volvió contra el democráticamente elegido Morsi, y apoyaron el golpe militar en julio.

 

Siendo la Hermandad Musulmana y el ejército las dos instituciones más poderosas de Egipto, las posibilidades de una democracia liberal son escasas. Por otra parte, el ejército ejerce un enorme poder económico y social. Desde el liderazgo de Muhammad Ali en el siglo XIX, el ejército se ha identificado con la modernización, el progreso y la secularización – el portaestandarte  de la identidad nacional que ha gobernado el país durante los últimos 60 años.

 

Sin embargo, el ejército, a pesar de su aparente exitosa represión de la Hermandad, en última instancia, no podrá gobernar solo. El mejor resultado puede ser una especie de cohabitación entre los militares y los grupos islamistas más moderados. La guerra civil en Siria, con todos sus horrores, pone de relieve un dilema distinto. El conflicto no es meramente  una  revuelta democrática contra un régimen sanguinario. Es una rebelión de la mayoría sunita contra un régimen liderado por una minoría alauita y apoyada por otras minorías (incluyendo cristianos y drusos), cuyos miembros ya se encuentran en la difícil posición de apoyar al régimen, a pesar de su naturaleza opresiva.

 

Cuanto más sectaria se vuelve la guerra civil, tanto más obvio resulta que la oposición a Assad está conducida  por varias milicias islamistas, algunos de ellas conectadas a Al Qaeda. La opción se ha convertido en elegir entre el despiadado régimen de Assad o una alternativa islamista fundamentalista - no entre la opresión o la libertad.

 

Con la excepción de Egipto, la mayoría de países árabes son creaciones modernas. Sus identidades y fronteras fueron establecidas por las potencias imperiales occidentales después de la caída del Imperio Otomano. El Acuerdo Sykes-Picot franco-británico, estableció que países como Siria e Irak sean estados diferentes, sin tener en cuenta la historia, la geografía y la demografía.

 

Es este sistema estatal, no meramente los regímenes, lo que se está desmoronando. Irak después de Saddam Hussein ya no es el país árabe unificado que era; el gobierno regional kurdo en el norte controla un estado de facto y la división chiíta-sunita podría desestabilizar aún más el resto del país.

 

En Sudán, establecida por los británicos a finales del siglo XIX, la no árabe, mayoritariamente población cristiana del sur ya se ha separado. La región de Darfur occidental puede eventualmente transitar una ruta similar. En Libia (creada por Italia en la década de 1910), la profunda división regional entre Tripolitania y Cirenaica ha impedido la formación de un coherente gobierno unificado. La unidad de Yemen tampoco pudo ser garantizada.

 

Lo que está ocurriendo en el mundo árabe es mucho más complejo que una analogía con las revoluciones de 1848. Todo el sistema estatal árabe está siendo cuestionado y puede estar desintegrándose (como ocurrió en algunas partes del mundo post-comunista). Dadas las fuerzas militares, islamista, sectarias y tribales en juego, es probable que surjan, durante algún tiempo, nuevas configuraciones políticas. La democracia, muy probablemente, no será una de ellas.

 

Shlomo Avineri, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Hebrea de Jerusalén y miembro de la Academia de Ciencias y Humanidades de Israel, es un ex director general del Ministerio de Asuntos Exteriores israelí.

 

Fuente: Project Syndicate -  13/9/2013 - Traducción: Israel Laubstein.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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