Una larga historia de imperios, puños de hierro, muros y armas

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Escrito por THOMAS FRIEDMAN

¿Cómo puede ser que el sábado yo estuviese en una sinagoga de Turquía, mientras que el viernes, del otro lado del río Orontes, en Siria, estuve con los rebeldes sunnitas del Ejército Libre de Siria, protagonistas de una guerra civil en la que los alauitas y los sunnitas se matan unos a otros, los kurdos buscan crear su propio enclave, los cristianos se esconden y los judíos huyeron hace rato?

El sábado fui a una sinagoga en Antioquía, una ciudad de Turquía cercana a la frontera con Siria, y desde entonces no puedo pensar en otra cosa.

Antioquía es hogar de una comunidad judía minúscula que se reúne los días festivos en la pequeña sinagoga sefardí. La ciudad es famosa por su mosaico de iglesias ortodoxas, católicas, armenias y protestantes.

¿Cómo puede ser que el sábado yo estuviese en una sinagoga de Turquía, mientras que el viernes, del otro lado del río Orontes, en Siria, estuve con los rebeldes sunnitas del Ejército Libre de Siria, protagonistas de una guerra civil en la que los alauitas y los sunnitas se matan unos a otros, los kurdos buscan crear su propio enclave, los cristianos se esconden y los judíos huyeron hace rato?

¿Qué nos dice esta situación? Para mí, nos hace preguntarnos si hoy en Medio Oriente no habrá sólo tres opciones de gobierno: imperios de hierro, puños de hierro o cúpulas de hierro.

Si esas mayorías y minorías religiosas lograron coexistir en una "relativa" armonía durante 400 años, cuando el mundo árabe era gobernado desde Estambul por los turcos otomanos, fue porque los sunnitas otomanos, con su imperio de hierro, monopolizaban la política.

Puede decirse que Damasco, Antioquía y Bagdad estaban bajo el mando de los otomanos y sus representantes locales. Los alauitas, chiitas, cristianos y judíos no se veían obligados a luchar por el poder para poder sobrevivir: la mentalidad de los otomanos respecto de sus súbditos era de vivir y dejar vivir.

Cuando Inglaterra y Francia desguazaron el Imperio Otomano por el Este, convirtieron varias provincias en Estados -con nombres como Irak, Jordania, Siria- que no se correspondían con las fronteras étnicas.

Y así fue que sunnitas, alauitas, cristianos, drusos, turcos, kurdos y judíos se vieron de pronto encerrados todos juntos dentro de fronteras nacionales demarcadas para satisfacer los intereses de Inglaterra y de Francia.

Mientras estuvieron en la región, esas potencias coloniales mantuvieron a todos a raya, pero cuando se retiraron y esos países fueron independientes, empezaron las luchas de poder y las minorías quedaron indefensas. Desde fines de la década de 1960 y durante la década de 1970, vimos el ascenso de una generación de dictadores y monarcas árabes que perfeccionaron el puño de hierro para asegurarle el poder a su tribu o secta, y gobernaron por la fuerza.

En Siria, bajo el puño de hierro de los Al-Assad, la minoría alauita llegó a gobernar sobre la mayoría sunnita.

En Irak, bajo el puño de hierro de Saddam Hussein, una minoría sunnita gobernó sobre una mayoría chiita.

Sin embargo, esos países nunca se propusieron construir una sociedad civil de ciudadanos que pudiesen convivir y alternarse en el poder. Y lo que estamos viendo ahora con el despertar de los países árabes -Siria, Irak, Túnez, Libia, Egipto y Yemen- es lo que ocurre cuando ya no hay un imperio de hierro y la gente empieza a alzarse contra los dictadores de puño de hierro.

Los israelíes respondieron al colapso de puños de hierro que los rodea con un tercer modelo. Se trata del muro que construyó Israel a su alrededor para blindarse de Cisjordania, sumado a su escudo de hierro antimisiles. Ambos sistemas han resultado muy exitosos, pero a un precio. El muro y el escudo les sirven de excusa a los líderes de Israel para no ocuparse de resolver su propio problema de mayorías y minorías, con los palestinos que viven en Cisjordania y en Jerusalén Este.

Me deja atónito lo que ocurre políticamente aquí en Tel Aviv. En la derecha, la vieja generación de líderes del Partido del Likud, que al menos mantenía relaciones con el mundo, hablaba inglés y respetaba a la Suprema Corte de Israel, ha sido desplazada en las últimas primarias por un ascendente grupo de colonos-activistas de extrema derecha que están convencidos de que los palestinos ya no representan una amenaza y que ya nadie podría retirar a los 350.000 judíos que viven en Cisjordania.

Ese grupo de extrema derecha es tan arrogante e indiferente a las preocupaciones de Estados Unidos que anunció los planes para la construcción de un enorme bloque de asentamientos en el corazón de Cisjordania -como represalia por el voto de la ONU que concedió a Palestina la categoría de Estado observador-, aunque Washington haya hecho todo lo posible para impedir que se aprobara y por más que los asentamientos coarten toda posibilidad de un Estado palestino contiguo.

Mientras tanto, salvo excepciones, el muro y el escudo han aislado tanto a los candidatos de izquierda y de centro de los efectos de la ocupación israelí que los principales contendientes para las elecciones del 22 de enero ni siquiera contemplan la pacificación dentro de sus propuestas, y parecen acatar la supremacía de la derecha en esa materia. Uno de los líderes de los asentamientos israelíes me dijo que en Cisjordania, hoy en día, el principal problema "son los embotellamientos de tránsito".

Me alegra que el muro y el escudo de hierro protejan a los israelíes de los enemigos que quieren dañarlos, pero temo que el muro y el escudo también les impidan ver las verdades que necesitan enfrentar con tanta urgencia.

Fuente: The New York Times / La Nación - 6/12/2012 - Traducción de Jaime Arrambide .

 

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