Egipto y las duras lecciones de la historia

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Escrito por ROSS DOUTHAT

The New York Times.- Mientras el mundo se pregunta sobre el futuro de Egipto después de Hosni Mubarak, los norteamericanos deberían reflexionar sobre lo siguiente: es bastante posible que si Mubarak no hubiera gobernado Egipto como un dictador durante los últimos 30 años, el World Trade Center todavía seguiría en pie. Esto es cierto a pesar de que el régimen de Mubarak ha sido un inquebrantable aliado de Estados Unidos, un socio en nuestros esfuerzos contraterroristas y un enemigo del radicalismo islámico. O, más adecuadamente, es cierto porque su régimen ha sido todas esas cosas.

En The Looming Tower , su historia de Al-Qaeda, Lawrence Wright plantea la posibilidad de que "la tragedia del 11 de Septiembre haya nacido en las cárceles de Egipto". Al infligir tortura, cárcel y exilio a la Hermandad Musulmana, Mubarak impidió la revolución islámica en su propio país. Pero también ayudó a radicalizar e internacionalizar a los islamistas de su país, desalojando a hombres como Ayman Al-Zawahiri -el lugarteniente de Osama ben Laden, y supuestamente el verdadero cerebro de Al Qaeda- de la política egipcia e instalándolo en la Jihad global.

Al mismo tiempo, la relación de Mubarak con Washington ha ofrecido constante confirmación de la visión que tienen los jihadistas del mundo. Bajo su gobierno, Egipto recibió más dólares que cualquier otro país, además de Israel. Para muchos jóvenes egipcios, inquietos en medio del estancamiento político y económico, no había mucha diferencia entre odiar a su dictador y odiar a sus patrocinadores estadounidenses. Uno de los hombres que hicieron justamente eso fue un estudiante de arquitectura, Mohammed Atta, que estaba en la cabina cuando el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra el World Trade Center.

Estas parecen buenas razones para celebrar la potencial caída de Mubarak. Desafortunadamente, la política de Medio Oriente no es tan sencilla. Estados Unidos respaldó a Mubarak debido a dos temores interrelacionados: el temor a otro Khomeini y el temor a otro Nasser. Ambos temores siguen siendo legítimos hoy.

El primer temor lo entiende todo el mundo, porque todavía estamos viviendo con la tiranía religiosa que Khomeini estableció en Irán en 1979, tras una revolución espontánea no demasiado distinta de la que hoy sacude a El Cairo.

El segundo miedo resuena menos, porque Gamal Abdel Nasser hace 40 años que está en su tumba. Pero la última vez que una revolución en la tierra de los faraones derrocó a un régimen corrupto, en el año 1952, Nasser fue el beneficiario, y Washington tuvo motivos para lamentarse.

Nasser no era un islamista: era un socialista secular panárabe, que en la década de 1950 pareció ocupar la vanguardia de la historia. Pero bajo su influencia, Egipto se convirtió en una fuerza desestabilizadora dentro de la política de Medio Oriente.

La evocación de Nasser es un recordatorio de que incluso si el Egipto post-Mubarak no cae en la dictadura religiosa, es probable que se desplace en una dirección aún más anti-Estados Unidos. Las consecuencias a largo plazo de un Egipto más populista y nacionalista podrían ser mejores para Estados Unidos que la era Mubarak. Pero podrían ser peores. Hay diablos detrás de cada puerta.

El equilibrio
A los norteamericanos no nos gusta admitirlo. Pero nos refugiamos en sistemas de política exterior: el internacionalismo liberal o la realpolitik, y esperamos que los hechos se alineen detrás de esos sistemas. Si se apoya la democracia, la estabilidad vendrá sola. No interfieras, y nada interferirá contigo. Las instituciones internacionales mantendrán la paz. No, la política del equilibrio de poder lo hará.

Pero la historia nos convierte en necios. Hacemos tratos con dictadores y desatamos el torbellino del terrorismo. Promovemos la democracia, y vemos a los islamistas ganar poder, desde Irak hasta Palestina. Nos lanzamos a intervenciones humanitarias, y ensangrentamos Somalia. Nos mantenemos al margen, y vemos cómo el genocidio devasta Ruanda. Intervenimos en Afganistán y nos marchamos, y vemos cómo los talibanes asumen el poder. Intervenimos en Afganistán y terminamos atrapados allí.

Las teorías siempre fallan. El mundo es demasiado complicado. El único consuelo que podemos sentir al ver a los egipcios debatirse por el futuro es que hay cosas que no le corresponden decidir a Estados Unidos.

Fuente: La Nación - 1/2/2011 - Traducción de Mirta Rosenberg.
 

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