Evitar en Egipto lo sucedido en Argelia

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Escrito por ÁLVARO DE VASCONCELOS

OPORTO – El golpe militar que ha derrocado al primer presidente democráticamente elegido de Egipto y ha ido acompañado de las detenciones de dirigentes de los Hermanos Musulmanes en todo el país representa un enorme peligro no sólo para la transición democrática de Egipto, sino también para las esperanzas democráticas de todo el mundo árabe.

El hecho de que el golpe contara con un apoyo popular en masa es una señal de las enormes dificultades afrontadas por los Hermanos Musulmanes durante su primer mandato en el poder. El gobierno del Presidente Mohamed Morsi se esforzó por abordar las heredadas crisis económica y social de Egipto frente a las enormes esperanzas públicas infundidas por la revolución de 2011, cuyos protagonistas aspiraban no sólo a la libertad, sino también al desarrollo económico y a la justicia social.

Naturalmente, los Hermanos Musulmanes fueron también víctimas de sus propios errores, en particular el de que Morsi y su gobierno no tendieran la mano a la oposición laica, algunos de cuyos elementos habían contribuido a su elección. El gobierno de Morsi pareció incapaz de entender que una ligera mayoría electoral no es suficiente, en particular hoy en día.

De hecho, la amplitud de la oposición a Morsi refleja una importante tendencia mundial hacia la emancipación de las clases medias instruidas y conectadas, cuyos miembros suelen desconfiar de los partidos políticos y exigen una participación política más directa. A ese respecto, las dificultades de Egipto difieren sólo por su alcance y no por su clase de las afrontadas por los gobiernos de Turquía, del Brasil e incluso de Europa.

Los Hermanos Musulmanes de Morsi dominaron en el gobierno desde los primeros días en el poder, pero también afrontaron la oposición de otras diversas fuerzas de mentalidad menos democrática, incluidas algunas procedentes del régimen de Hosni Mubarak, que siguen ejerciendo influencia en las instituciones oficiales. La judicatura, por ejemplo, disolvió la primera asamblea legislativa democráticamente elegida. Asimismo, el ministro de Interior se negó a proteger la sede de los Hermanos Musulmanas contra los repetidos ataques que sufrió.

Además, algunos intelectuales laicos demonizaron a los Hermanos Musulmanes. Como sus homólogos argelinos, que en 1992 aprobaron la represión por parte del ejército argelino de una victoria electoral islamista, a consecuencia de lo cual hubo años de combates brutales que dejaron tal vez medio millón de muertos, a muchos egipcios no les importó la represión contra los islamistas.

Morsi y los Hermanos Musulmanes afrontaron también la competencia de los salafistas con respaldo saudí. De hecho, la noche del golpe, esos islamistas ultraconservadores aparecieron junto con dirigentes militares y el dirigente político laico Mohamed El Baradei para anunciar el derrocamiento de Morsi.

Las perspectivas de la transición democrática de Egipto han llegado a ser cada vez más difíciles de predecir, pero una cosa está clara: no se puede ni se debe confiar en el ejército. Durante el período posterior a la caída de Mubarak, en el que el ejército ejerció el poder plenamente, 12.000 civiles fueron juzgados por tribunales militares, se impusieron pruebas de virginidad a mujeres (en particular, las que protestaban contra el ejército), se mató a manifestantes y se cometió un sinfín de violaciones de los derechos humanos con impunidad.

Naturalmente, es posible que los militares garanticen una transición a la democracia, como hicieron hace cuatro decenios en mi país, Portugal, después de que derrocaran la dictadura de Salazar y Caetano, pero la ejecutoria de transiciones dirigidas por los militares en otros países ha sido escasa: se puede proclamar que la democracia es la razón de ser del golpe, pero la transición se detiene ahí. Además, en este caso el ejército egipcio parece mucho más interesado en proteger sus enormes intereses económicos que en asegurar los beneficios de un gobierno civil receptivo ante las necesidades de sus ciudadanos.

Se debe seguir confiando en los jóvenes egipcios y sus exigencias de libertad y democracia, que vinculan el movimiento que derrocó a Mubarak con las manifestaciones que provocaron la destitución de Morsi, pero el objetivo predominante debe ser el de apoyar la creación en Egipto de una sociedad pluralista que defienda los derechos de todos a la participación política y a elecciones libres y justas. Para ello, hoy es necesaria la oposición a una represión como la aplicada por Mubarak a los Hermanos Musulmanes.

Inmediatamente después del golpe, la Unión Europea adoptó una posición ambivalente a ese respecto. También eso recuerda a lo sucedido en Argelia en 1992, cuando la mayoría de los gobiernos europeos apoyaron la anulación de la victoria electoral de los islamistas. (Asimismo, la UE se negó a reconocer la victoria electoral de Hamás en Gaza en 2006.)

El constante temor al islam político en gran parte de Occidente explica el apoyo prestado en el pasado a regímenes dictatoriales. Actualmente, la UE y los Estados Unidos deben exigir la liberación de todos los miembros de los Hermanos Musulmanes, incluido Morsi, y su participación en cualquier solución política.

La comunidad internacional debe preocuparse también por las consecuencias regionales del golpe. La cínica declaración de apoyo al golpe por parte del Presidente de Siria, Bashar Al Assad, es una señal de que algunos quieren convertir la lucha actual en el mundo árabe en una contienda sangrienta entre islamistas y laicos.

A largo plazo, cualquier represión violenta contra los Hermanos Musulmanes movería a sus miembros y partidarios, ya amargamente decepcionados con la democracia, a rechazar enteramente las elecciones. Ese resultado tendría repercusiones muy negativas en los movimientos islamistas de otros países. Para muchos, los extremistas que criticaron a los Hermanos Musulmanes y a otros partidos islamistas por optar por una vía democrática al poder han quedado vindicados, con lo que puede comenzar una nueva ola de violencia en esa región.

Sigue habiendo esperanzas de que Egipto no llegue a ser como Argelia en 1992 (o Chile en 1973), pero, para evitar ese destino desalentador, es imprescindible que ahora se protejan los derechos fundamentales de los miembros de los Hermanos Musulmanes.

El Presidente de los EE.UU., Barack Obama, que ha expresado su profunda preocupación  por el derrocamiento de Morsi, tal vez sea el único dirigente apto para mediar en semejante situación y procurar conseguir una solución de consenso que impida una guerra civil. Para ello, necesitaría recurrir a toda la influencia de que dispone, incluida la interrupción de la enorme asistencia militar que los EE.UU. prestan a las fuerzas armadas de Egipto, como ha amenazado con hacer. También puede recurrir a la reserva de confianza que logró al tender la mano a los Hermanos Musulmanes durante la presidencia de Morsi.

Pero, ¿tomará la iniciativa Obama? El discurso que pronunció en El Cairo en 2009, en el que hizo un llamamiento en pro de “Un nuevo comienzo” en esa región, sirvió de inspiración para muchos en el mundo árabe. Ha llegado el momento de hacer algo más que pronunciar palabras.

Álvaro de Vasconcelos es Director de Proyectos para la Iniciativa de Reforma Árabe (ARI), un consorcio de 16 think tanks en el mundo árabe y Occidente, y coordinador del Grupo de Gobernanza Global (GG 10). Anteriormente fue Director del Instituto Europeo de Estudios de Seguridad, París, y del Instituto de Estudios Estratégicos e Internacionales (IEEI) en Lisboa.

Fuente: Project Syndicate – 6/7/2013 - Traducido del inglés por Carlos Manzano.

 

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