Los espejismos de las primaveras árabes

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Escrito por TOMÁS ALCOVERRO

Así como nadie hace dos años hubiese podido prever las denominadas ¨primaveras árabes¨ que para bien o para mal han dado un vuelco histórico a los pueblos del norte de África y del Oriente Medio, y les han empujado a un movimiento irreversible, menos hubiesen podido suponer que ahora, en su segundo aniversario, se ha llevado a cabo en Egipto un polémico referéndum que ha consolidado la anterior victoria electoral de los islamistas.

Dejadme recordar, ante todo, que hasta la saciedad se había repetido desde hace muchos años que si se celebraban verdaderas elecciones libres en los países árabes desde el Magreb al Machrek, desde al Atlántico al Golfo, serían, indudablemente, las organizaciones islámicas las que conseguirían un mayor respaldo popular. Los grupos islamistas que en Egipto y en otros países árabes han ido destacando, por su eficaz organización, por su programa bien establecido, por su arraigada presencia en sus sociedades, han ido desbordando, marginando a los manifestantes, animados con sus entusiasmos civiles y a los jóvenes que soñaban con sus blogs, y con sus redes sociales, revolucionar sus inmóviles y esclerotizadas poblaciones.

Movimientos islamistas, ejércitos, tribus, son agentes imprescindibles para cambiar esta relación de fuerzas que orientarán, en una u otra dirección, estas arcaicas pero también muy jóvenes sociedades.

Hay dos escuelas de pensamiento, como gustan decir los estadounidenses, muy definidas ante este fenómeno tan imprevisto como indiscutible, mucho más complicado que la inicial teoría del dominó que contemplaba la caída de un dictador árabe tras otro dictador, como si estos países fuesen como los del Este de Europa. Una es la que cree, a pies juntillas, que estamos en la aurora de una nueva época revolucionaria que transformará profundamente el pueblo árabe, liberará sus energías, le conducirá a la democracia como en tantas otras regiones del mundo, dando al traste con las estereotipadas ideas de su identidad religiosa y cultural, aunque tenga que atravesar etapas terribles de matanzas y devastación. La otra considera que las dictaduras religiosas islamistas que han ido secuestrando las revoluciones iniciales serán más difíciles de derrocar que las anteriores, como buen ejemplo es la de Arabia Saudí, dictaduras civiles, militares, laicas, y que al final estos pueblos padecerán todavía más en su vida de cada día su totalitarismo religioso que excluye toda suerte de minorías, ya sean chiis o cristianas, o bien de otra naturaleza.

La discriminación de la mujer, el aplastamiento del individuo, considerado sobre todo como miembro de la Umma o comunidad musulmana, sometido a una autoridad absoluta aunque hubiese podido surgir al principio de las urnas, la idea de la conquista a través de la guerra contra los cafres o infieles forman parte de su verdadera weltanchaung o concepción del mundo. Podemos debatir hasta la muerte el tan traído y llevado tema de las relaciones del Islam y la democracia.

Los que insisten en que hay que ejercer la paciencia, soportar catástrofes, hasta el triunfo de la revolución me recuerdan las ideas que predicaban los comunistas aceptando el sacrificio de generaciones enteras hasta el triunfo de la dictadura del proletariado. Unos y otros desdeñan en sus concepciones de la historia de los pueblos al hombre real, situado en su breve tiempo vital. Son los totalitarismos enemigos de la humanidad.

Desde Túnez, Libia, Egipto al Yemen y por los indicios horribles más tarde Siria, los Hermanos Musulmanes pero también los jihadistas más belicosos, los musulmanes más retrógrados, imbuídos de la fe en su Cruzada, los terroristas de Al Qaida, van avanzando irremisiblemente. La contrarrevolución, fomentada por Arabia Saudí, Qatar, con sus petrodólares aplasta la resistencia de los reductos que defienden las libertades y diferencias, las ideas democráticas que desprecian por considerarlas acuñadas en Occidente.

Las revoluciones que tan sorprendentemente se iniciaron hace un par de años, tienen que juzgarse por sus resultados y no por sus intenciones. Los islamistas, quiérase o no, llegan al poder y se desvanecen las ilusiones de una democracía liberal, las esperanzas de elites liberales, desprestigiadas en Oriente. Una vez más nuestras percepciones no coinciden con la realidad profunda de su mundo, porque nuestros análisis no tienen en cuenta factores que desechamos como los fuertes vínculos de la sangre, las creencias religiosas o un estilo de vida muy arraigado que a menudo creen amenazado por los valores culturales de Occidente.

En Siria la guerra civil fomentada por las injerencias extranjeras provoca estragos sangrientos interminables. En los demás países han aumentado las penurias económicas y las incertidumbres políticas. La real politik y el cinismo internacional han sido bien descritas en esta frase de un periodista del New Yorker books review: ”Los EEUU son aliados de Irak, que es aliado del Irán que apoya al régimen de Bachar el Asad que quieren derrocar. Los EEUU son también aliados de Qatar que ayuda a Hamas que combate a Israel, pero además de Arabia Saudí que financia a los salafistas que arman a los jihadistas que desean matar a los norteamericanos”.

Los EEUU y las potencias europeas han apostado por los Hermanos Musulmanes como alternativa a las anteriores dictaduras militares que durante décadas habían mantenido y a veces como la de Egipto, mimado, reforzando el bloque suní enfrentado al Eje chii de Irán, Siria y el Hezbollah libanés amenazado por la guerra contra el gobierno de Damasco.

Si en España llegaron durante la Guerra Civil las Brigadas internacionales comunistas o progresistas, sobre la condenada Siria se han precipitado los combatientes de la Internacional islámica. Pero en esta nueva etapa del Oriente Medio, países como Rusia y China, y en otro nivel potencias emergentes como India, Sudáfrica, Brasil, no comulgan con su nueva política o por lo menos se mantienen a la expectativa ante lo que, según se especula, podría ser una remodelación de su mapa estableciendo entidades confesionales, como alaui, suni, chii, que siempre ha sido una aspiración del estado judío de Israel. Sería un nuevo Oriente Medio sin las huellas de los acuerdos Sykes Picot firmados después de la primera guerra mundial entre Gran Bretaña y Francia.

Las pimaveras árabes han abierto cajas de Pandora tan peligrosas como la de la latente fitna o guerra civil entre sunis y chiis expresada sobre todo en el infierno sirio que solo puede concluir con un acuerdo internacional.

Es cierto que millones de árabes derrocaron a sus dictadores, rompieron el cerco del miedo que les oprimía y han empezado a ejercer en la plaza pública su libertad. Es un hecho indiscutible y alentador. El ideal, sin embargo, nunca ha podido cumplirse en ningún lugar ni en ningún tiempo de la historia.

Fuente: La Vanguardia - 29/12/2012.

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